Ritual contra la envidia que siente mi alma

Mozart

Lo confieso: soy muy envidioso. Envidio el cariño, los aplausos, los besos, los abrazos, los premios y todas las formas de reconocimiento que reciben los demás.

Para no pensar en ello, es necesario calmarme, especialmente con música clásica, y esta es mi favorita.

Pienso en Mozart, que a pesar de su talento, sus últimos años de vida lo pasó muy mal, sin dinero y muchas deudas impagables. Dicen que en los conciertos cortesanos que daba, se guardaba en las bolsas de su vestimenta parte de la comida que daban, para tener qué comer en los días siguientes.

Y aunque trabajó muy duro, hizo cualquier cantidad de música, incluso de corte popular (que era la que más rápido le pagaban), estuvo mal, como si ese genio que hoy por hoy todos reconocemos pasara inadvertido en esa época.

Claro, algunas personas le ofrecían ayuda. Le prestaban dinero, pero pronto se quedó sin amistades a quién quedarle a deber. Tenía que asumir larguísimas giras para dar conciertos y para ir a visitar a mecenas que vivían lejos, pero que, a pesar de ello, no lograba salir de su situación.

Mientras escucho el concierto Concierto para piano No. 21 Andante, me imagino al espíritu de Mozart como ese piano que intenta mantenerse sereno ante los chirridos a veces estridentes de las cuerdas y vientos, manteniendo la serenidad (sí, esa serenidad clásica que él tan bien se adaptó a su música). Ese piano dulce, que se mantiene ante la adversidad, solito por el mundo, sin apresurarse a su tiempo. Alegre y vivaz, como un Andante, mientras el resto de la orquesta ejecuta, por partes, notas lúgubres, en las que fácilmente alguien caería en la desesperación y se tornaría en bemol, tonos que, por cierto, se van tornando a la mitad de la pieza.

Pero luego recapacita Mozart, digo, el piano, y termina dulce y sereno, olvidando todo. Seguramente él se sentaba con hambre, pensando en su situación financiera y en que, a pesar de su genio, la pasaba mal y no se le reconocía. Pero no importaba. Él creía en sí mismo y sin desesperarse, se sentaba todos los días frente al piano, porque creía en él. Y quizá, exhausto, sacaba un canapé del bolsillo de su pantalón, producto de la reunión de unas noches atrás en las cortes, y engañaba al hambre con ese bocadillo.

Y cuando su situación empezaba a mejorar, murió. Al menos lo vio. Al menos vio las salas de los conciertos llena, vitoreándolo por La flauta mágica.

Y pienso en él y de pronto se me olvida la envidia, tratando de emular a ese piano dulce que intenta sobresalir entre las notas concertadas de la orquesta.

Y saco de mi mochila los restos de boquitas que dieron en la última presentación de un libro en el centro cultural, engaño al hambre, me siento en la computadora, escribo algo y se me pasa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s