Entran unos escritores guatemaltecos a una fiesta…

A veces me sorprendo con pensamientos tan absurdos como el de pensar cómo sería una fiesta, con baile y guaro y todo, en la que asisten escritores guatemaltecos, en buena parte basados los pensamientos en esa foto de Miguel Ángel Asturias bailando en El Salvador como que si no hubiera un mañana.

Si bien creería que la mayoría de escritores estarían en un grupo cerrado, solo sus amigos o groupies, hablando de sí mismo, sin ofrecer la posibilidad de callarse o, al menos, dejar de hablar de sus obras. Con ellos daría igual sentarlos en una gran mesa redonda y vendarles los ojos y taparles los oídos, y hacerles creer que los demás los escuchan a él y solo a él, y serían capaces de hablar toda la noche sin problemas sobre sí mismos.

Pero ajeno a ellos, me imagino a otros más notables, empezando con el mismo Asturias, que sin duda estaría bailando, siendo el alma de la fiesta, olvidándose por completo de la literatura, a sabiendas que su próximo libro lo tiene escrito desde hacía ocho años y que solo es cuestión de desempolvar el tercer borrador de su obra y pasarlo en limpio.

Mientras tanto, Luis Cardoza y Aragón, viéndolo de lejos, quizá con envidia y con un par de poemas hermosos bajo el brazo, que él consideraría los mejores escritos por un guatemalteco y quizá tenga razón.

José Milla estaría serio, bebiendo sobriamente un ron o un cognac, un tanto aburrido y quizá pensando en la política exterior más que en un libro suyo, pero de cualquier forma termina por tomar toda la película de la gente, sobre todo de los más extravagantes, por si algún día se decide escribir un cuadro de costumbre sobre las fiestas de escritores.

César Brañas seguramente ni siquiera asistió. Se habrá quedado en su casa, temeroso de encajar en un ambiente tan bullicioso. Enrique Gómez Carrillo habría llegado y ya se habría ido, luego de disputar en un duelo con un rival para definir quién acompañaría de regreso a la mujer más hermosa de la fiesta, y sin duda ya habría ganado y ya se la habría llevado, para no perder tiempo.

Pero en donde a mí me gustaría estar en esa fiesta es en el rincón, con dos o tres escritores que ven desde lejos, observando todo y riéndose, haciendo comentarios filosos y haciendo notas mentales e, incluso, algunas apuntadas en una pequeña libretita que llevan escondida entre los calcetines, para recordar las ideas que les surgen. Se trata de Tito Monterroso, de apariencia calladita y como que no mata ni una mosca, pero que al tomar confianza uno se daría cuenta que su ingenio es un arma de destrucción masiva, y junto a él, otro espíritu burlón, pero menos sicario que el otro, Otto Raúl González, que te serviría un trago al verte acercar, pero que igual va a pasar riéndose de vos toda la noche, eso sí, de buena gana y sin ánimo de humillar a nadie, solo de reír.

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