El resurgir del Fénix ruso

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La última vez que metieron miedo para un Mundial aún se llamaban Unión Soviética y fue para México 86. Lideraron el Grupo C, donde estaba el entonces campeón de Europa, la Francia de Michelle Platini y una generación de lujo.

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¡Lotería!

Pasé mi infancia en los alrededores del Cerrito del Carmen y por eso la época entre la segunda quincena de julio y la primera de agosto era de las más alegres, por la presencia de las ferias. La primera en el mismo cerro, por la festividad de la Virgen carmelita, y la segunda por la Virgen de la Asunción, del otro lado de la Calle Martí.

Al principio, iba con mi papá a la feria, para subirme a los carritos chocones o para disparar al tiro al blanco, en donde una calavera bailaba al son de Bronco, Juan Gabriel o la Sonora Dinamita. Años después, me di cuenta de que acertarle a esas estrellas oxidadas no era tan difícil como parecía a mis nueve años, pero en aquel entonces me sentía orgullo por atinarle y ganarme un llavero de quetzal o una figurita de plástico.

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Todos somos sospechosos

 

Ofrenda en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, tras el incendio que provocó a decenas de niñas muertas. (Foto: Wilder López)

Eran las niñas de nadie, pero la muerte le dolió a todos. Estaban ahí, porque la sociedad cierra sus ojos para atender a esos niños sin padres, sin escuela y sin hogar. Nadie les ofreció ayuda, nadie las defendió cuando sus padres las golpeaban. Nadie les ofreció educación para que no se formaran en la calle. Y los jueces simplemente se lavaron las manos y las enviaron al Hogar Seguro Virgen de la Asunción, donde murieron en un incendio, cuando protestaban contra las violaciones sexuales y otras condiciones que sufrían en ese centro.

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La rabia

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Que por qué me mordió un perro: eso quizá dé para otra historia, para que esta en particular no se haga muy larga. Lo que sí es cierto es que yo le pregunté al niño que aparentaba ser el dueño de uno de los dos perros que me correteaban, si estaban vacunados.

“Este, sí”, me dijo. “¿Y el otro?”, pregunté, porque más creía que era es can jiotoso el que había sido el responsable de hincarme sus colmillos sobre mi camote derecho. “Ahhhhh”, dijo, con cara de preocupación. “Ese sí a saber”, concluyó.

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No, Barrondo no falló

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No, Barrondo no falló.

Erick Barrondo no falló. Falló la corrupción. Sí, esa corrupción que aún habiendo dinero, no lo envió a competir a Rusia o China y a las competencias importantes. Se conformaron con enviarlo a un par de competencias, donde no estaban los mejores.

Su lugar 50 solo nos demuestra la grandeza de su medalla de plata de hace 4 años y de lo difícil que fue para él conseguirla.

Según la Constitución, se destina el 1.5% del Presupuesto anual de la nación para el deporte. El 0.75% para el deporte federado. No, y eso no obliga a los atletas a traer una medalla olímpica o a la selección de fútbol a ir al Mundial. Sería como exigirle a la Usac ganar cada año un Premio Nobel solo por recibir dinero público.

El aporte constitucional al deporte significa que como país estamos orgullosos de financiar un modo de vida: el deporte. Y en vez de quitarlo, deberíamos pensar en financiar también a artistas o a científicos y a todas esas profesiones a las que se les dificulta conseguir financiamiento.

Ningún otro país de Latinoamérica recibe esa ayuda estatal y Guatemala se adelanta al continente en este modelo social.

Hace 4 años Barrondo ganó una medalla a pesar de todo y gracias a muy poco. Y para seguir ese modelo de ayuda social él no necesita demostrarle nada a nadie. Al contrario él no le debe nada a nadie. Ni siquiera a quienes que lo critican desde la comodidad de su smartphone.

Si alguien quiere criticar en la vía correcta debe enfocarse en la corrupción de los dirigentes deportivos, que se llenan las bolsas con el dinero que debería ir a los deportistas profesionales, a esos que entrenan con el estómago vacío y que van a las competencias utilizando un bus del servicio colectivo y que ven desde la televisión las grandes competencias a los que no van, por descuido de los dirigentes.

No, Barrondo no falló; al contrario, debemos estar dispuestos a seguir financiando un modelo social a través del deporte para que haya más atletas siendo felices haciendo lo que les gusta. Aunque no ganen una medalla olímpica.

No, Barrondo no falló. Ni Ana Sofía ni Kevin ni ninguno de esos atletas que son buenos en lo que hacen y llegaron con justicia al evento en donde solo llegan los mejores.