¡Lotería!

Pasé mi infancia en los alrededores del Cerrito del Carmen y por eso la época entre la segunda quincena de julio y la primera de agosto era de las más alegres, por la presencia de las ferias. La primera en el mismo cerro, por la festividad de la Virgen carmelita, y la segunda por la Virgen de la Asunción, del otro lado de la Calle Martí.

Al principio, iba con mi papá a la feria, para subirme a los carritos chocones o para disparar al tiro al blanco, en donde una calavera bailaba al son de Bronco, Juan Gabriel o la Sonora Dinamita. Años después, me di cuenta de que acertarle a esas estrellas oxidadas no era tan difícil como parecía a mis nueve años, pero en aquel entonces me sentía orgullo por atinarle y ganarme un llavero de quetzal o una figurita de plástico.

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La rabia

rabia

Que por qué me mordió un perro: eso quizá dé para otra historia, para que esta en particular no se haga muy larga. Lo que sí es cierto es que yo le pregunté al niño que aparentaba ser el dueño de uno de los dos perros que me correteaban, si estaban vacunados.

“Este, sí”, me dijo. “¿Y el otro?”, pregunté, porque más creía que era es can jiotoso el que había sido el responsable de hincarme sus colmillos sobre mi camote derecho. “Ahhhhh”, dijo, con cara de preocupación. “Ese sí a saber”, concluyó.

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Zompopos de mayo

Zompopo de mayo~2

Estaba yo pensando en cualquier cosa en mi habitación; de repente, escuché un ruido en las escaleras del edificio. Alguien se había caído. Había sido un bebé. Yo salí corriendo para ver qué había pasado; antes que yo, una mujer había llegado; era la madre, y trataba de consolar a su niño. Me recordé de mi madre, y un déjà vu forzoso me hizo desear un abrazo suyo.

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