Zompopos de mayo

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Estaba yo pensando en cualquier cosa en mi habitación; de repente, escuché un ruido en las escaleras del edificio. Alguien se había caído. Había sido un bebé. Yo salí corriendo para ver qué había pasado; antes que yo, una mujer había llegado; era la madre, y trataba de consolar a su niño. Me recordé de mi madre, y un déjà vu forzoso me hizo desear un abrazo suyo.

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Vidas sin reciclar

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Nuestras sociedades nos han empujado al consumismo, y por ello no hemos podido parar de comprar cosas. Incluso, en estos tiempos de crisis económica, la publicidad se ha vuelto más agresiva para intentar que los compradores potenciales no dejen de consumir productos innecesarios, ya que la tendencia actual se centrará en revisar qué es lo esencial para vivir y qué no. Sigue leyendo

Oda a mis anteojos

Súperman

Si en algo envidio al Supermán con poderes

es que tiene supervelocidad

y es capaz de recoger en el aire

los anteojos de Clark Kent

si es que su hijo se los tira jugando

 

O porque tiene visión de Rayos X

y puede ver incluso cuando

los anteojos se le nublan cuando

toma sopa muy caliente

 

Pero en lo que me debe envidiar el Supermán con poderes

es que él usa sus anteojos para esconderse,

mientras que yo los uso para enfrentar al mundo con valentía

y que me bastan para tener una supervisión 20/20

 

¡Pobre, Supermán! Escondido detrás de su miedo

a ser descubierto y quiere achicarse detrás de los cristales

mientras yo me agrando y no necesito de más

superpoderes para verte

* A Lulú

Irremediablemente

Chaplin

El ambiente apesta, irremediablemente, a cheque,

y los cobradores lo saben.

El trabajador recibe con angustia el pago;

ya no es ni siquiera puede estar contento por unos minutos

sabiéndose que su billetera rompió la dieta

que hizo por casi un mes.

Al terminar su labor, el trabajador se irá,

irremediablemente,

rumbo al banco para sacar su salario.

 

Si tiene suerte, lo atenderán hoy mismo,

luego de sortear una eterna cola.

Todos sufren por lo mismo en la fila,

pero nadie se compadece por el de adelante,

o por el de atrás.

Solamente alcanza para estar pendiente

de que un cajero se apure y se desocupe

para pasar a recoger un sueldo que

lejos de alegrar, acongoja.

Así, los dueños del mundo nos tienen atados;

ellos pagando para que,

irremediablemente,

de inmediato se los devolvamos

en forma de préstamos, alquileres y deudas por cobrar.

La única diferencia es que por algunos segundos

nos sentimos dueños de nuestro salario.

 

El ambiente apesta, irremediablemente, a cheque.

Y los dueños del mundo lo saben.

Se enojan un poco al pagar,

para que no sospechemos.