La rabia

rabia

Que por qué me mordió un perro: eso quizá dé para otra historia, para que esta en particular no se haga muy larga. Lo que sí es cierto es que yo le pregunté al niño que aparentaba ser el dueño de uno de los dos perros que me correteaban, si estaban vacunados.

“Este, sí”, me dijo. “¿Y el otro?”, pregunté, porque más creía que era es can jiotoso el que había sido el responsable de hincarme sus colmillos sobre mi camote derecho. “Ahhhhh”, dijo, con cara de preocupación. “Ese sí a saber”, concluyó.

Yo seguí subiendo las gradas de ese asentamiento, que como dije, explicaré otro día de por qué estaba metido ahí. Tras la mordida del perro, ambos se retiraron, satisfechos por la ofensa de haber pasado por su territorio.

Salvador Sipaque, el amigo que iba conmigo, me preguntó preocupado si estaba bien. Y yo estaba más o menos, más asustado que adolorido, porque temía desde ya al infame virus de la rabia. No me preocupaba tanto la mordida. Unas gradas más arriba, vimos una especie de pileta con un chorro, en donde decidimos parar, para ver el daño de la mordida. Al subirme el pantalón, vi perfectamente los tres incisivos del perro, más un cuarto que no alcanzó a incrustármelo bien. Tras lavar la herida, de alguna forma Salvador consiguió un limón y me lo echó sobre la herida.

Aparte de arderme mucho, no creía que el limón hubiera hecho mucho efecto sobre la mugre que acumulaba yo por el sudor de preadolescente de 13 años, y la sucia saliva del perro. Y, especialmente, no consideraba que el cítrico pudiera tener efectos mágicos sobre el temido virus de la rabia.

Desde que supe sobre la rabia, siempre me dio angustia pensar en el tratamiento específico contra ese virus: 30 inyecciones en el ombligo. Y para mí que el ombligo es el lugar más sagrado de mi cuerpo, consideraba la peor aberración profanarlo con una aguja. Y no solo una vez, sino una treintena de veces.

Entonces, ante el temor del tratamiento y por el regaño por andar en extraños lugares en donde me podría pasar cualquier cosa (que, como dije, en otra historia podría explicar qué estaba haciendo por ahí), opté por algo que fue habitual en mi niñez (y adolescencia y mi adultez): sufrir en silencio mi angustia.

Como la mordida había sido un sábado, esperé hasta el lunes para indagar en la Enciclopedia Médica Salvat sobre la rabia. Aparte de confirmar el doloroso tratamiento en mi ombliguito, entendí que se trataba de un virus y se estimaba que subía por la sangre hasta llegar al cerebro, a razón de un centímetro por día. Y que cuando, por fin, el virus se instalaba en la cabeza, se empezaban a sufrir los efectos de la enfermedad, que iniciaban con la hidrofobia, seguido por la paralización de las extremidades, sacar espuma por la boca y, finalmente, volverse loco.

Y como había decidido sufrirlo en silencio, en vez de confesar mi desventura a mis padres, tomé mi regla escolar, de 30 centímetros, y empecé a medir la distancia que había desde la mordida en mi camote hasta llegar al cerebro.

Obviamente, había muchas dudas sobre el procedimiento. ¿Viajaría por los laberintos de las venas, o subiría en línea recta hasta el cerebro? ¿Dónde empieza el cerebro?, y otras dudas más, que me hicieron que optara por plantearme el más tardado de los panoramas y marcarme una fecha en la cual me volvería loco. Habría sido poco más de un metro la distancia que había desde la herida hasta lo que yo calculaba que era el inicio del cerebro. Y, así, tres meses, once días, ocho horas, 17 minutos y 68 segundos después, yo marqué en un calendario la fecha en que me volvería loco.

Claro está, que por momentos, yo mantenía la esperanza de que el perro en cuestión en realidad no hubiera estado contagiado por la rabia; pero en realidad mi pesimismo casi siempre me superaba y me hacía dudar de mi buena suerte, por lo que terminé por aceptar mi destino fatal.

Al cabo de un mes, la angustia que sufría hacía que siguiera preocupándome de ese tema, así que volví a consultar la Enciclopedia Médica (obviamente, en aquellos años no había computadoras y mucho menos Internet y Wikipedia o Preguntas Yahoo! o Google, ¡ni siquiera Encarta!) y leí que el tratamiento con inyecciones en el ombligo era viable siempre y cuando la mordida era debajo del ombligo o bien que el virus no hubiera subido lo suficiente. Entonces, según mis cálculos, estaba próximo el día en que el virus de la rabia estaba a punto de superar el ombligo.

Para mí, fue un nuevo momento de angustia, ya que volvía a dudar de mi decisión de sufrir en silencio mi pena. De nuevo estaba en la disyuntiva de arrepentirme y confesar mi situación y recibir 30 pinchazos en mi sacrosanto ombligo, o bien continuar con mi plan.

Y, por supuesto, para quien me conoce, sabrá que mi decisión fue continuar con mi silencio. Y así pasó el tiempo. Esa fecha en agosto que había marcado con un círculo de marcador rojo en el calendario, se acercaba. Y aunque yo sabía que mis cálculos podrían no ser los correctos, por los errores en la medición y por los borrosos números de mi regla plástica escolar, yo me había convencido de que la fecha era exacta y correcta. Si me hubiera señalado una hora exacta, también la habría creído.

Cuando estimé que el virus había sobrepasado mi ombligo, me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Esos últimos 45 días intenté vivirlos sabiendo que eran los últimos. Pasadas las seis semanas, y ya en los últimos tres días, mi comportamiento cambió. Me sentía como Jesús resucitado, despidiéndose de sus apóstoles antes de ascender a los Cielos. El largo tiempo de resignación me habían otorgado unos últimos días de paz. El día anterior, consideré que no tenía deudas pendientes. Deudas sentimentales, porque para mis trece años aún no sabía de tarjetas de crédito, ni préstamos bancarios de intereses eterno, que te esclavizan a un trabajo, por temor a no poder pagarlos.

O sea, a mi familia cercana le había dicho cuánto la quería, sin confesar que, según yo, estaba en mis últimos días de cordura. También a mis amigos les había dado generosos regalos, es decir, algunas pertenencias preciadas (discos, por ejemplo) y que sabía que les gustaban.

Aunque siempre tuve la esperanza de que aquel perro no había tenido rabia. O que la mordida hubiera sido del otro perro del que se sabía que estaba vacunado.

Y así llegó por fin el día. Lo recuerdo como un día blanco, o sea, sin recordar nada, porque no quise guardar nada de ese día en mi memoria. Llegó la noche y la locura ni la espuma en la boca habían llegado.

Decidí darle un tiempo de espera al virus. Quizá había hecho mal los cálculos. Quizá mi regla escolar de plástico tenía ya muy borrosos los números.

Y así, esperando y esperando, y tras varios días más de espera, llegué a la conclusión de que no medía más de dos metros para que el virus continuara viajando por mi cuerpo, y me di cuenta de que la rabia no llegó.

Me sentí satisfecho por mi decisión de mantener virgen mi ombligo. Y la locura y la rabia no llegaron nunca a mi cabeza.

¿O quizá sí?

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