La vida no vale nada

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Por casualidad, me senté en una banca mientras cargaba a mi bebé, cuando tuve que recoger mis piernas para que pasara el cortejo fúnebre. Sí, estaba en Capillas Señoriales de la Avenida Reforma, mientras saludábamos a unos amigos que estaban velando a su abuelita.

Como no soy supersticioso, no creí que nada le pasaría a mi bebé; sin embargo, la apreté con fuerza, porque supuse que estaba viendo transcurrir el paso de la vida profunda: mientras unos mueren, otros nacen… y mientras tanto, a otros, no les importa este evento casi cósmico.

Porque de algo sí estoy seguro, cuando nacimos y cuando morimos, el mundo sigue dando vueltas; a algunos seres queridos les importará, pero normalmente nuestro período de vida no afectará mucho la trayectoria del universo.

Y entre tanto pensar y pensar, me di cuenta de que la vida no vale nada, y aunque no es una reflexión original, porque ya antes lo había dicho José Alfredo Jiménez y Pablo Milanés, comprendí que nuestra visión de la vida es al revés.

Sí, porque pensamos que nuestra vida vale mucho, y seguramente que sí. Pero ese “valer mucho” tratamos de cuantificarlo con dinero. Cada año, al menos una vez, nos engañan haciéndonos creer que la vida vale demasiado, como para no escatimar esfuerzos económicos.

Lo dicen los doctores al tener un familiar enfermo, al recordarnos que la salud no tiene precio, y es mejor quedarnos pobres pero con un familiar vivo, que con ahorros pero con familiares muertos. Sin embargo, la gente muere igual, sin importar si gastaste todo lo posible.

Lo dicen las aseguradoras, al venderte cada año un papel que asegura que hiciste algo para evitar tu miedo.

Lo dicen los colegios, los supermercados, las tarjetas de crédito y todo aquel que quiere hacerte sacar dinero fácil.

¿Y saben qué? La vida no vale nada. Lo supe al ver la gente llorando en el cortejo fúnebre. Y, porque a la hora de la muerte, ni todo el dinero del mundo te comprará más vida. No es que la vida no merezca todo el oro del mundo. Simplemente, la vida no puede ser cuantificada según las reglas del mercado.

En casi todas las cosmovisiones, un nuevo ciclo está precedido de un período de resguardo, de quedarte quitecito en tu casa, sobrio y pensar para qué hemos venido a este mundo.

Y pensando en muchos casos, quizá no sepamos la respuesta, sobre todo por gente que no entendemos para qué está… en otros casos, no sabemos por qué nacen los niños al mundo y mueren pequeños. Pero de algo estoy seguro, todos tenemos una misión en la vida y, cuando la cumplimos, ¡puf! desaparecemos, sin que merezcamos una explicación.

 

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