La Isla de los Mensajes en una Botella

 

hace-23-anos-envio-un-mensaje-en-una-botella-la-respuesta-acaba-de-llegarCuando dio a conocer su idea, todos creyeron que estaba loco.

“Pero si aquí se mira clarito en el Google Earth. ¡Sí existe!”, decía

Sí, pero no se burlaban de él porque la isla no existiera, sino porque nadie creía que era interesante llegar hasta ahí.

Se trataba de una isla artificial que se había formado por botellas que tenían mensajes dentro. Es fácil imaginarlo, pero si querés te explico. Obviamente, a lo largo de la historia de la Humanidad, los náufragos han lanzado botellas con un mensaje dentro, creyendo que algún día esa botella sería encontrada y que leería el mensaje y lo rescatarían, así, del naufragio.

Sin embargo, nunca supieron que las corrientes marítimas, caprichosas como ellas solas, arrastrarían las botellas siempre al mismo lugar, a esa extraña región donde se juntan las aguas de los océanos Atlántico e Índico, al sursuroccidente de Madagascar, atraídas por un no sé qué poderoso imán de vidrio, o bien por un agujero enorme, que conducía al mismísimo centro de la Tierra, o, según otras versiones más creíbles, un inmenso animal insaciable de peces y que succionaba las aguas y los vientos para procurarse de su alimento.

Lo cierto es que él, marinero de cruceros, había observado un día a lo lejos la Isla de Botellas con un Mensaje, y tras estudiar un poco sobre las corrientes mar, se dio cuenta de este extraño, pero admirable, fenómeno, por lo que se apuró para hacer una presentación en Power Point y tratar de convencer a un rico millonario o a una oenegé internacional, de esas que financian cualquier cosa, para poder hacer la travesía rumbo a la Isla (llamada así de ahora en adelante para evitar su largo nombre).

Se sentía como Cristóbal Colón intentando explicarles a todos que la Tierra era una esfera. Pero como al navegante genovés, nadie le creyó.

Así que pidió uno de esos préstamos sin fiador, y sin saber cómo se lo otorgaron. Fue para Madagascar y estuvo dispuesto a viajar en lancha hasta encontrar La Isla.

No te voy a contar sobre todo lo que tuvo que pasar en los aeropuertos, las aduanas, los transbordos y todo eso para llegar para Madagascar. Pero ahora no importa tanto; lo importante es que 17 años, 13 meses y 7 días después de que se diera cuenta de la Isla, llegó.

No lo podía creer. Era una enorme isla y le sorprendía que a nadie le llamara la atención. Si quiera para construir una lotificación y venderla a los ingenuos que no supieran que algún día se iba a hundir. Si quiera para fundar ahí un nuevo país (o un continente) y declararse Presidente, Rey o Emperador y tener un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU. O bien, para reciclar las botellas y hacerse millonario.

Pero lo que a nuestro amigo (porque después de tantos años le hemos tomado cariño y lo llamamos ya amigo) le interesaban, eran los mensajes que estaban dentro.

Por un momento iba perdiendo la fe, porque todos los mensajes decían: “Ajude-mel!”, “Help!”, “Ajutor!”, “Paliga”, “Tycnaapan”, o sea, “¡AUXILIO!” en todos los idiomas. Fue revisando los primeros cien, doscientos, trescientos y todos eran así. Se dijo a sí mismo que llegaría hasta los mil y si todos contenían ese mensaje, desistiría y reconocería que todo el mundo tenía razón en su proyecto idiota.

El destino quiso jugar con él y hubiera esperado hasta el mensaje número 999 para mostrarle el primero que le interesara, pero los dios no quisieron ser tan malos, y cuando iba entre el 417 y el 760 (más o menos), se le atravesó el primero que valía la pena:

“Soy feliz”.

Se imaginó a un hombre (¿o mujer?) que se había encontrado a sí misma en su naufragio y que lejos de pedir ayuda, enviaba el mensaje, quizá para que no la llegaran a rescatar, o bien para que su familia no se preocupara.

Aunque las siguientes 10 mil botellas seguían pidiendo ayuda, él se mostraba satisfecho por ese primer mensaje valioso y ello le daba fuerzas para seguir revisando. Poco a poco fue encontrando otros que les llamó la atención:

“Soy homosexual”

“Viva mi isla libre”

“En realidad, nunca te quise”

“Cada día al despertar, me quiero un poquito más”

“Mi amor, no te olvides de cerrar la llave del gas”

“Despiértame en el año 3078”

“Envíen chocolates”

Etc.

Eran mensajes que por sí solos contaban una historia diferente. Se imaginaba a esas personas, tomándose la molestia de mostrar su felicidad.

O bien, se habían dado cuenta de que el mejor mensaje era el que se enviaba para sí mismo, sin esperanza de que nadie más lo pudiera leer. Es decir, ni siquiera era necesario enviarlo en una botella, o mencionarlo en el Facebook, o ser el Emperador de su isla y transmitirlo en Cadena Nacional de Televisión. Simplemente, haberse expresado era lo mejor.

“En la vida real, intentamos comunicarnos con otras personas, pero no nos entienden. Decimos ‘Te amo’, y la otra persona se queda muda. Pides un abrazo y te dan una cachetada. Pediste el rojo y te dan el azul. Y así nos sentimos solos, solos, solos.”

Se dio cuenta de lo que dijo. Lo había dicho en voz alta y se lamentó de que nadie lo hubiera escuchado. Finalmente había encontrado una verdad. Su verdad: nos sentimos solos, porque enviamos mensajes para los demás y no para nosotros mismos.

Y tras unos segundos de sentirse frustrado porque nadie lo había escuchado, pasó de inmediato a la satisfacción, porque por primera vez se sintió escuchado. Es decir, se escuchó a sí mismo. Así que tomó una de las tantas botellas que había vaciado con el mensaje de auxilio, escribió su propio mensaje: “Déjenme solo” y lo lanzó lejos, lo más lejos que pudo.

Tarde o temprano, las corrientes marítimas arrastrarían esa botellas con ese mensaje de nuevo hacia él.

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