Camisas grises

trabajo

El día es propicio para que todos en la oficina, sin coordinación previa ni memo del jefe que nos lo haya sugerido, hayamos venido vestidos con camisa gris, presagiando un día lluvioso pero con mucho calor.

Como esos días en que los gurús del emprendedurismo te recomiendan que apliqués el valor de la puntualidad y del servicio al cliente. Por eso, necesitás despertarte temprano, incluso una hora antes de lo normal, para poder llegar quince minutos antes de la hora de entrada, sin importar que tu abuela haya muerto y recién la hayás enterrado, o que tu hija pasara vomitando toda la noche. Esos casos no los ves en ningún manual de calidad total; lo importante es que llegués a tiempo, con tu cara de “trabajo en equipo” y te olvidés del resto del mundo, concentrándote en el ombligo del jefe que solo le interesa cuánto llevás de porcentaje de tus metas cumplidas, precisamente ahora que ya está por terminar el mes.

Entonces, aún con los ojos cerrados, te despertás, saltás de tu cama  y rápidamente el frío del piso de granito te hace poner los pies sobre la tierra y te despierta al mundo de los vivos, de esos que necesitan cumplir con sus metas, porque ya sacrificaste tu bono de productividad para pagar tu teléfono móvil inteligente, con altísimo plan para acceder a Internet, que solo te sirve para distraerte del mundo de los muertos, o de los vivos, según el humor del día, de cómo te sintás.

¿Y hoy cómo te sentís? ¡A la gran puta! Mejor vayamos a echarnos unos tragos en el after office, vos?

Aún somnoliento, sentís la necesidad de dos aspirinas y café, pero decidís esperar, porque quizá se te quite con la ducha. Antes, aún medio dormido, te cortás con la rasuradora. Necesitás que la hemorragia sane, porque el olor de la sangre en la oficina solo alerta a los tiburones sobre tus debilidades.

Finalmente terminás de asearte, tan solo para recordarte que tenés que sacar la basura, porque ese día pasa el servicio. La porquería de los basureros te sirve para reconocer que eso es lo que producís diariamente, basura, bazofia, y que por gusto recién te bañaste, porque la basura hizo olvidar que te vestiste con olor a jabón.

Antes de salir, quisieras tener un tiempo para descansar, para persignarte; recostarte por un momento, abrazar a tu corazón como un bebé y consolarlo. Te permitís un tiempo, para recostar la cabeza en la almohada, como aquellas veces en que tan solo bastaba que dijeras a tu mamá que no querías ir a estudiar, porque te sentías mal (no enfermo) y tu mamá te comprendía y llamaba al profesor para decir que estabas enfermo del estómago y que no ibas. Pero no, esos días de consuelo ya quedaron atrás, y te deprime más pensar que ya pasaron tres o cuatro décadas de eso, y lo peor es que te tenés que levantar, pensando en que la oficina te espera, ese pequeño cubículo gris pintado de azul, en donde estás condenado a mantener el culo pegado a una silla.

Y pensando en todo esto mientras buscás entre tu clóset, tan solo atinás a buscar la camisa gris, para que no desentone tanto con tu rostro de lunes con lluvia de ceniza.

Entonces tu corazón se siente más cómodo con tu camisa gris, porque logra camuflarse muy bien en el centro de tu vestimenta. Y prendés la computadora y verificás todos los correos que te informan todos los pendientes que dejaste la semana pasada. Y te desajustás un poco la corbata gris que aprieta el cuello de tu camisa gris.

“¡Buenos días! ¿Cómo estuvo su fin de semana?”, preguntás cuando entrás a tu oficina, dándote cuenta de que varios tan solo atinaron a vestir la misma camisa gris.

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