Los sonidos de mi infancia

Chipsy
Ti ri ri ri ri ri ri rín, ti ri ri ri ri ri ri ri ri ri. Así sonaba (o algo así) el carrito de helados Chipsy, con la melodía de El Golpe de Scott Joplin, charleada por los altoparlantes sheretos que ya no daban a más. “Aquí están sus helados; vainilla, fresa, chocolate, ron con pasas, arcoíris. Venga ya por sus helados. Únicamente a un quetzal”, decía (o algo así) la voz masculina que ya no mucho se entendía, pero que todos comprendíamos bien lo que decía.

Uno de esos últimos carritos se ven ahora en el Parque Centenario, zona 1 capitalina (sí, ese en donde está la Concha Acústica) los domingos, solo que ya no hace sonar la musiquita, porque el altoparlante se arruinó. Además, ya no valen un quetzal.

Sin embargo, esos helados eran de lujo, porque eran más caros de lo normal. Para los niños que se rascaban la bolsa de la pantaloneta para buscar fichas de a diez, la opción eran las carretillas de helados, empujadas por una persona y que hacían sonar una campana para anunciar su paso. Ahora que cerraron la mayoría de las colonias, esos carritos ya no ingresan, y solamente pueden ser visibles en parques o detrás de las manifestaciones.

Antes, los periódicos no llegaban por suscripciones; ese método fue inventado por un diablo muy moderno. Antaño, una persona “emprendedora” iba a la zona 1, a la 13 calle o a la 11 avenida, para comprar su montoncito de El Gráfico y de la Prensa Libre, para luego pasar anunciando a gritos las noticias matutinas.

Ahora son los repartidores, pagados por los mismos medios de comunicación, que pasan veloces en sus motos, rompiendo el sonido de las tres de la mañana, despertando a quienes tienen el sueño ligero y asustando a los bohemios que regresan a esas horas a sus hogares.

Al menos, ahora, a Nuestro Diario se le ocurrió darles un silbato a los voceadores para identificar con una imagen sonora el producto, al igual que los Chicharrones Señorial, que se piden silbando, pero que nadie lo ha hecho, seguramente, a menos que sea Clodomiro El Ñajo. Sin embargo, es lindo identificar con sonidos a las cosas, ya que es una forma de rebeldía ante esta cultura visual que nos imponen, y que nos quieren clasificar en bonitos y feyos.

Y, hablando de silbidos, ¿recuerda usted el silbato del afilador de cuchillos? Según mi madre, el sonido decía: “el afilador… el afilador”, subiendo la escala de Do a Si, pasando por el Re, Mi, Fa, Sol y La (incluyendo bemoles), y luego de regreso, de Si a Do.

Ahora no. Ahora nadie afila cuchillos, gracias a que estos son de hojas de acero inoxidables y que no pierden el filo. Y si lo pierden, pues se tiran.

Algo parecido ocurría con los zapatos. Antes pasaban (y ahora pasan, de vez en cuando, especialmente los domingos, porque son personas que tienen empleo fijo y quieren hacer extras en fines de semana) gritando “Arregloooooooo zapatos”, con una voz aguardentosa, que ni un ciento de dulces de morro podrían ya curar.

Al escucharlo, las mamás corrían a buscar los zapatos con hambre, es decir, a aquellos que se les despegaba la suela y parecían que abrían la boca para tragarse las pelotas. En especial, los zapatos de los escolares, ya que usualmente solo se compraba un par para todo el año.

Pero ahora, gracias a los zapatos de mala calidad, es más fácil comprar un par cada dos o tres meses que repararlos. Sí, están hechos para eso, para romperse. Pero parece que a las personas que les gusta estar a la moda prefieren así, porque cambian según el estilo de la temporada.

La leche en polvo es un invento moderno. Y la leche envasada siempre fue muy fea, porque tenía mucha agua. Pero el lechero era una figura pública importante (como lo era el cartero, cuando aún se enviaban cartas que tardaban días en llegar) y se abría paso en los estertores de la madrugada con su bocina y gritando, con voz engolada: “Laaa leeeeecheeeee”.

O bien, los cabreros, que con el sonido del látigo van guiando a las cabras; muchos creían que eso era el secreto de la buena salud, e incluso los domingos se aventuraban a ir a los espacios grandes (como campos de futbol u orillas de barrancos) a buscar vacas y tomar leche recién ordeñada.

El reciclaje, hoy día, está de moda. Pero desde hace años había una señora que pasaba gritando “Tiene botellas, papeeeel o roooopa”. Ella no lo decía, pero compraba lo acumulado de los periódicos en el mes (por arroba, por favor), tanteando el peso a puro músculo, porque no era viable andar llevando un dínamo. Y si se tenía alguna botella de guaro y frascos de perfumen vacíos, también se los llevaba, pagando 5 o 10 len por cada uno, dependiendo del tamaño (asegún el sapo es la pedrada, decían). Ropavejero le decían a veces.

Las radios también charleaban por estar mal sintonizadas. La voz irónica del locutor de Guatemala Flash nos hacía reír con las desfachateces del Gobierno de turno, mientras que el noticiero de la Radio Mundial nos alternaba las noticias con anuncios. El sonido aún no era digital, y la Mundial tenía un sonido con saxofón, mientras que Emisoras Unidas tenía uno con un clarinete, que Quique Rodríguez aún hace sonar antes de cada partido de futbol, y a mí me da un deja vú de cuando tenía cinco años.

Y, sobre todo, el sonido de los pájaros, al amanecer, que daban gracias por los árboles capitalinos y la luz del sol; incluso, se oían algunos gallos. Y por las tardes, el volar de la bandada de pericas que regresaban juntas, parloteando, a sus hogares, antes de que se pusiera el Sol.

Esos y más eran los sonidos de mi infancia y que se han perdido por los cambios de hábitos en la gran ciudad.

2 comentarios en “Los sonidos de mi infancia

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